En lo alto de las montañas donde el viento silba como si conspirara, vivía un caballo distinto a todos...

Se llamaba Bronce.

Bronce no galopaba: desfilaba. Bajaba a los pueblos con paso elegante, la crin peinada por tormentas eléctricas y los cascos marcando un ritmo casi teatral contra las piedras.

Pero había algo más.

Bronce era corrupto. No corrupto de monedas ni establos, sino de ideas. Corrompía el orden natural de las cosas. Donde había silencio, dejaba música. Donde había miedo, dejaba deseo.

—No nacimos para arrastrar carretas. Nacimos para incendiar horizontes.

Los pastores murmuraban que embrujaba al rebaño. Que sus palabras eran veneno dulce.

—Yo soy la montaña ahora.

Y cuando sopla el viento raro, todavía se oye su risa.

el caballo galopa con intensidad